Activaste sin saberlo aquella chispa
que prendió fuego a la ciudad.
.
La techumbre se derritió lentamente
hasta teñir el asfalto de carne y tejas.
Así, las grietas de la piel se poblaron
de casas y calles transitables
en la letanía de las noches oscuras,
y los ventanales –inquietos en sus moldes–
temblaron, y cayeron infalibles al vacío,
pese a un desgarro lacrimógeno
que gritó con la blancura de un pañuelo agitado.
.
Una esperanza inerte en un portal,
un deseo arrojadizo. La marquesina
aún resiste el peso de las horas…
. Los callejones se asfixiaron de ti
mientras atravesaba la humareda
y se me inundaba el pecho de ceniza.
Y respiré como pude.
.
Te he buscado con los ojos incendiados.
Y no me salvas. Y no me salvas.


